domingo, 15 de febrero de 2009

EL VALOR DE LA PALABRA, LA TRASCENDENCIA DE SU MENSAJE.


A menudo observamos como los símbolos y eslóganes que antaño fueron gloriosos y que sus mismas palabras evocaban toda una declaración de principios, han perdido toda su vigencia, como si el ambiente histórico y toda su trascendencia que destella mensaje por los cuatro lados, no fuera con nosotros.
Pasamos ante monumentos titánicos, ante placas corroídas por el tiempo, mausoleos que se mueren de asco, por la indiferencia de la gente, por el azote y erosión del viento y de la lluvia.
Una vida de prisas y de horarios arbitrarios que convierten la vida del urbanita, en la de un autómata que toma unas decisiones preconcebidas el día anterior, y no dan oportunidad de un desliz ni de darse cuenta del universo del que se halla rodeado, de su simbolismo, de su mensaje, de su magia, solo son estatuas que no dejan traslucir el mensaje que se apaga esculpido en su piedra como fuego amenazado por lluvia.
Trágico tiempo que nos ha tocado vivir, no de decadencia cultural y moral, sino de espíritu, de reconocimiento, de apego.
El otro día el periódico decía que solo un 5% de los españoles sabe el nombre de sus bisabuelos. No se puede hablar de identidad sin conocer la historia particular de cada familia, las raíces, los orígenes. No se puede hablar de futuro sin conocer de donde viene uno.
Shakespeare, Virgilio, Homero, Cervantes, Dickens, Galdós… Las bibliotecas crían polvo para sus clásicos que solo serán consultados para el típico trabajo universitario, pero no leídos con la atracción que despierta el saborear el mensaje de una obra de culto, el adentrarse en unas páginas donde cada mítica estrofa, cada palabra guardan el jugo de un misticismo parecido a una palabra sagrada religiosa, son objetos vivos, llenos de sentimientos y de el embrujo que antaño moldearon nuestra sociedad.
Me paseo a veces por la Plaza de España de Barcelona, y entre los coches que pasan a ritmo de carrera cronometrada, parece como si de un elemento del paisaje secundario permaneciera su monumento central. Un monumento del que apenas nadie se inmuta de su presencia y que representa unos valores tan importantes y eternos en su valor, que es una vergüenza en no pararse a pensar que significa, que transmite, el porqué de su simbolismo. Y es que ante un hotel siempre repleto de inmigrantes en sus bajos, ajenos al país que les acoge y a sus símbolos, donde pasan los chavales nacionales aún con mas culpa que los otros, hablando de sus estupideces existenciales, se alza majestuoso un monumento con tres columnas que representan la Religión, las Artes y el Heroísmo donde son coronadas con las personificaciones de la navegación, la salud Pública y la Abundancia.
Palabras, solo palabras, en una época de idiotez absoluta, de incultura imperante y de obediencia absoluta a las formas de pensar y de sentir impuestas por los Mass Media, no dejan de ser palabras escritas por reaccionarios y sin valor aplicable, ni admirable hoy día.
Tiempo de tecnología, de internet y de relaciones esporádicas, tiempo de desamor, de globalización y de desarraigo, ¿qué valor de mercado tiene el heroísmo? ¿A cuánto se venden el kilo de sentimientos de lealtad o de sentimiento religioso y de culto a la inmortalidad? ¿Qué salida tiene en la calle el tener en el currículum de una persona, la experiencia en deificar con obras de arte el culto a la pureza virginal de las personas o la partitura de una historia trágica de la mitología? Y si ya hablamos del significado mismo que pretendió dar su creador el arquitecto modernista Josep María Jujol , como era de que el monumento representa con su pebetero, el sacrificio permanente de España para defender la civilización, es que ya ni nos cuestionamos el valor que puede tener este significado para una persona de calle de hoy día. Quizás la respuesta resida en que solo un cambio radical a todos los niveles podría propiciar dar un vuelco al sistema de valores actual.
El cambio pasa por lo político, y desemboca en lo económico, pero solo el significado espiritual, ideológico, identitario, artístico y cultural del mismo le inyecta la sangre vigorosa para convertir en nutricio el proyecto y poder así fecundar toda una forma de entender las cosas y tejer una forma de vivir, aplicada basándose en la teoría de la forma de pensar. No se trata de ética, de estilo, de falsa moral, de palabras superfluas si la persona que las predica no obra antes con el ejemplo de su vida.
Se trata de una refundación en todos los niveles, recogiendo el testigo de un pasado agridulce, pero que nos puede guiar por los senderos más gloriosos pues sus raíces fueron plantadas en tierra fértil, en valores sanos, en conceptos humanos indispensables.
Cuando en 1940 las tropas alemanas invadieron Francia, entre las muchas cosas que cambiaron fueron sus monedas y en ella introdujeron unas palabras que suplantaban a las viejas y revolucionarias Libertad, Igualdad, Fraternidad. Éstas fueron Trabajo, Familia, Patria. Sin entrar en detalles sobre qué régimen fue mejor, o más responsable en cuanto a respeto del ciudadano y a la idiosincrasia cultural e identitaria de sus gentes, podría hacer una comparación entre ambas. Las de la Revolución Francesa eran unas palabras bonitas pero basadas en ideales abstractos, construidos sobre pedestales barrocos pero coronados por la nada. El valor de la libertad, de la igualdad y de la fraternidad pueden alcanzar tantas caras e interpretaciones, tantos mensajes y tergiversaciones, que edificar un país basándose en palabras tan corrientes de la palabrería ordinaria de políticos y charlatanes, solo se puede afirmar que su significado era abstracto, irreal y con la cortina de humo de la amplitud de su falsa aplicación matemática.
Por otro lado, los ideales glorificados e inmortalizados en las monedas de la República de Vichy (al margen de este régimen, que esto ya es otro tema), son palabras basadas sobre instituciones y riquezas morales, carnales y físicas reales, palpables, edificantes, ejemplares.
Luchar por la fraternidad es tan obtuso y mezquino como querer luchar por la igualdad de todas las cosas, personas y valores. Luchar por la familia, por la patria y por el trabajo, es solidificar con el derramamiento del liquido vital propio, los pilares de los que está basada la verdadera nación, el eterno pueblo, las bases de la vida y de todos y de cada uno de los proyectos y metas que queramos apuntarnos para esta vida.
Es el resumen de un triunvirato que si le aplicamos la identidad y la Justicia forman todo un decálogo, toda una declaración de liberación y grandeza en sí misma.
Las palabras, los eslóganes, los mensajes de antaño no pueden caer en la calificación de trasnochados, de obsoletos, de vacíos, pues no lo son. Dan la impresión de muertos, pero solo si releemos su significado verdadero, intentamos ponernos en la piel de la persona que los situó en su justo contexto, intentamos sentir en lo más profundo de nuestra alma el sonido remoto de su fuerza y su inspiración, podremos luego aplicarlos en nuestra vida, y en lo que queramos llegar a ser. Será entonces cuando las palabras renazcan con todo su esplendor, más vivas que nunca, rescatadas de su letargo histórico, pronunciadas sus silabas con la firmeza de unos labios que recitan su nombre, invocando el retorno de ideales eternos, habiendo roto el hechizo de lo políticamente correcto.
Debemos resucitar el pasado, contagiarnos de sus mitos, adentrarnos en las leyendas que lo hicieron inolvidable, sepultando nuestra ignorancia en las virtudes de una historia generosa en ejemplos de sacrificio, de creación, de fructificación de la cultura y de chispa que incendió el oprobio de la ingenuidad humana.
El tiempo no nos hace mejores, el tiempo solo nos curte de experiencias, pero si no nos enriquecemos conociendo, nuestro pasaje por esta corta vida, no deja lugar ni hueco a que esculpamos en el gran muro de nuestra sociedad y tiempo, nuestros rasgos, nuestra personalidad y nuestra historia. Y solo podemos crecer y edificar aprendiendo de lo inventado, tomando nota de lo creado, explorando el interminable abanico del mosaico cultural y espiritual de nuestra civilización.
En pocas palabras, hay que retomar el testigo de nuestros antepasados, y reconducir a nuestros pueblos por los senderos marcados, viajando y trabajando por el progreso, actualizando sus proyectos, pero teniendo siempre presente su mensaje. Pues el pasado -aunque jamás vuelva-, siempre mantendrá viva su esencia, revitalizará nuestros pasos, y nos recordará hacia dónde vamos y de dónde venimos, pues como decía una poesía: Lo que ha sucedido continúa en activo, tanto lo bueno como lo malo...
Sin renunciar a nada, y sin miedo ni complejo empecemos a reconstruir el gran edificio de nuestra historia, para forjar nuestro futuro, castiguemos con dureza los elementos negativos socioeconómicos que han hecho posible la debacle, y arrojémonos hacia la victoria de la Idea, empapándonos del mensaje y la sabiduría del pueblo, del que ha existido y del que existirá.

Joel Iltirkesken

4 comentarios:

Anónimo dijo...

¡¡Excelente comentario!!
Me quedo con esto amigo :
Luchar por la familia, por la patria y por el trabajo, es solidificar con el derramamiento del liquido vital propio, los pilares de los que está basada la verdadera nación, el eterno pueblo, las bases de la vida y de todos y de cada uno de los proyectos y metas que queramos apuntarnos para esta vida. Es el resumen de un triunvirato que si le aplicamos la Raza y la Justicia forman todo un decálogo, toda una declaración de liberación y grandeza en si misma.

L'ùltim català lliure dijo...

Uns pensem en les nostres arrels i intentem que el mon giri en la direcció correcta mentre els pseudo-humans de l'extrema esquerra defensen el mestizatge, la multiculturalitat i totes aquestes papanatades...donem-los una pastilla de sabó i que ,pel be de la societat, es rentin i cuiden mes la seva higiene personal.

Anónimo dijo...

L´ultim català lliure no t´obsesionos amb els guarros, aqui no parlava d´ells sinò de la societat en general. I a pesar de tot els guarros encara defensen algo, decadent i miserable pero defensen algo, lluny de la indiferència dels demès. S´inventaràn la història, glorificaràn com a herois a simples criminals de guerra com el Companys o a ieptes i cobards com el Che Guevara, pero almenys, encara que finançats per multinacionals i pels serveis secrets, tenen la "decència" de "lluitar" per un ordre nou, per no dir que lluiten per un ordre vell.Pero et repeteixo almenys tenen les seus inquietuts, el dolent es la indiferencia absoluta, gent que nomès tenen al cap: festa, oci, drogues, tecnologia, diners i roba cara, i res més. I estos son els pitjors, els passotes, els conformistes.
No es nomès una guerra de valors, dels valors edificants i positius contra els falsos valors que promociona l´esquerra residual, sinò que es una lluita entre valors i falta total de valors, o semi-valors fabricats pels grups de pressió mediàtica. No t´obsessionos amb els guarros, que en seràn molts pero mes acabats ja no poden estar, no tenen autocritica, no tenen una llogica ni un objectiu, es una dinàmica autodegradant i estupida, que nomès deriva en tot el que sigue matèria de descomposició per al poble, la familia i la nació.

Todo puede ser sencillo dijo...
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